
Llevo toda la vida convencida de que las cosas son más de lo que parecen. De que existen realidades que no podemos tocar, pero cuyo efecto notamos de pleno. De manera que siempre he confiado en lo que yo llamo “señales”, pequeñas incidencias sin mayor importancia para alguien que careciese de alma oriental.
La última “flechita” de estas me llegó entre las páginas de un libro comprado por Internet. Estaba yo mirándolo sin prestar demasiada atención cuando de entre sus hojas se me cayó delante una tarjetita color naranja, de esas de viajes de metro o de tren, de las antiguas, que no se sabía la fecha del viaje ni nada, de cartón duro, con una raya negra en medio. Era de diez viajes – se veían impresos los números de esos viajes, pero no 1, 2, etc., sino contados extrañamente: 331, 332, 334.
Nada más posar mis ojos en ella, desde mis adentros se levantó una voz que me susurró que era la tarjeta de metro de alguien que la usaba para ir a una biblioteca. La Bibliothèque Nationale Française. No sé por qué pensé que sería esa biblioteca y no cualquier otra. Además, con la misma convicción podía ver al viajero en el vagón de metro, con la ciudad pasándole por delante, viendo desde la ventanilla el reflejo rápido de árboles demasiado cargados de hojas delante de edificios de tipo gótico, altos, estilizados, con pequeñas torres rasgando el cielo de verano.
Y me invadió la alegría, una alegría sin motivos. Sentía en mí la alegría de estar viajando hacia la Bibliothèque, la alegría del verano y de su aire que había adquirido peso a mi alrededor, la alegría de saberme fuerte, de tener ganas de todo, de poder hundir mis dientes en la carne dura de un melocotón. Me alegré de ser yo misma sintiéndome más que solamente yo misma.
Hay viajes rondándome como mariposas, hay planes e ilusiones. Y también una tarjetita de metro, mensajera de porvenir y de pasado, que me fortalece en mi confianza. El melocotón es dulce. Mi melocotón es dulce.


